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De:
Pablo Rodríguez Tapia
Fecha:
 09-04-06 17:06Ip Registrada (Condiciones de uso)
Asunto:
 Los setenta
Texto encontrado en un foro:
Hoy es sábado 9 de julio del 2005.
Unos y otros leerán los diarios hoy en la Argentina.
Unos, consintiendo la represión del gobierno argentino de los años 70, otros, vinculados con las víctimas de la represión.
El Equipo Argentino de Antropología Forense confirmó ayer que fueron identificados los cuerpos de tres integrantes de la agrupación Madres de Plaza de Mayo, entre ellas su fundadora, Azucena Villaflor. Los expertos informaron que habían inhumado un total de 7 cadáveres, enterrados como NN en el cementerio de la localidad bonaerense de General Lavalle. Los cuerpos habían aparecido en las playas de Santa Teresita tiempo después de su desaparición ocurrida hacia 1977.
Es bueno saber. Alivia saber. Lo dice hoy, Cecilia, la hija de Azucena.
También tiene bronca por el tiempo que la tuvieron sin saber.
Algunas cosas no sabemos, ni sabemos si las sabremos algún día.
Sabemos que era también sábado cuando Azucena fue capturada mientras iba al mercado a comprar pescado para cocinarle a su hija Cecilia.
La prensa indica que fue Alfredo Astíz el que facilitó ésta y otras capturas de las Madres de Plaza de Mayo. Fue con un beso, el beso de la muerte. El había sido entrenado para defender la Patria con las armas, pero no para matar madres con un beso.
No sabemos si Astíz puede vivir con paz interior con el recuerdo de estos hechos. Quizás la única manera de sobrevivir para él sea dando patriótica justificación a esa cobarde y miserable acción. Azucena no estaba armada, sólo tenía su monedero y su bolsa.
Sabemos que los aviones navales se ocuparon de elevar los cuerpos de esas mujeres sobre el mar argentino.
Pero no sabemos quién fue el piloto del vuelo que terminó con la vida de Azucena y las otras madres.
No sabemos si estará hoy leyendo el diario cómodamente en su casa.
No sabemos si tiene o no pesadillas con el recuerdo de la barbarie.
No sabemos si sus hijos saben lo que hizo.
No sabemos si el sabe el nombre de las personas que ese día fueron arrojadas al mar.
No sabemos que hizo esa tarde al volver de su misión.
Sabemos, sí, que esos aviones estaban destinados a la defensa de la Nación.
Estamos seguros, sí, de que ese señor nunca pensó en tirar madres vivas desde un avión cuando entró a la Armada Argentina.
No sabemos si algún día leerá esto.
Tampoco sabemos si quien aplicó las inyecciones de pentotal estará hoy leyendo los diarios.
No sabemos tampoco si está arrepentido y si calla considerando desleal ?en los términos de los códigos militares- contar lo que hizo como Scilingo.
Pero es incorrecto analizar lo ocurrido en la Argentina, la gran tragedia argentina, sin equilibrio. Y eso es lo que está pasando hoy.
El gobierno impulsa la recuperación de una parte de la memoria. Pareciera que actúa impulsado por el deseo de poner las cosas en orden.
Como si una voz secreta le dijera: los militares se encargaron durante años de demonizar a quienes abrazaron la violencia como expresión política, ahora es nuestro turno. El gobierno simpatiza con quienes fueron reprimidos y con sus familiares.
Pero también están los familiares y víctimas del obrar de ERP, Montoneros y demás grupos violentos.
Los sobrevivientes que integraron la militancia violenta de los setenta también estarán hoy leyendo los diarios.
A ellos también les debe pesar lo que hicieron. Ellos también cometieron crímenes horribles, aberrantes. Ellos también actuaron muchas veces con cobardía. Idealistas de pupitre. Idealistas. Ellos también tendrán la necesidad de justificar para vivir y evitar la peor de las condenas: la de la conciencia.
Es sábado, es el día de la Independencia y en la Argentina todavía no ha llegado el momento de la reconciliación.
Entre las desgracias de las que es responsable Menem están los indultos. Esa suerte de perdón rompió un precario equilibrio social dado por las leyes de Alfonsín (de obediencia debida y punto final).
Carlos Menem ha entrado a la historia argentina por la puerta grande. Pero a la historia de la tragedia y del espanto.
Vuelos de la muerte, besos de la muerte.
Pero hay que mirar al futuro.
Nuestros muertos quieren que cantemos, enseña Mario Benedetti.
No unos muertos, todos.
El genio de Alberto Favero puso música a esa letra.
Azucena Villaflor, estás hoy aquí hoy.
Resucitando. Como la cigarra de María Elena Walsh.
Este final es utópico, lo sé. No hay reconciliación posible entre unos y otros. Al menos por ahora.
Valentín.

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 Ultima actualizacion: 18/05/2008
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