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De:
A. Breton
Fecha:
 09-04-06 17:11Ip Registrada (Condiciones de uso)
Asunto:
 El fin de la corrupción
El fin de la corrupción

Por A. Breton
amancio@post.com


Los ideales de las personas no cambian, se disimulan o esconden.
Bertrand de la Rochelle, “El ideario hugonote”, Zurich, 1756.



La corrupción había llegado a ese país y se había generalizado captando gente de toda clase y condición. Cundía el escepticismo en la lucha contra ella. ¿Cómo pueden cambiar las sociedades infectadas por un mal que aparece como incurable? Algunos llegaron a pensar que ese era el precio que debía pagarse para consolidar los sistemas democráticos. Una cadena de excusas que partía de considerar lo que habían robado los gobiernos anteriores y concluía por admitir la necesidad de financiar las campañas políticas requiriendo para ello espurios pactos de silencio entre los dos partidos políticos mayoritarios.

Los corruptos no asediaban el poder, pues ya lo tenían, ni eran violentos, ya que no lo necesitaban. Se fueron encaramando lentamente en diferentes posiciones de gobierno. Uno podía verlos en los diarios, en las revistas o en la televisión, pero nunca en la calle. Muchos de ellos hasta eran simpáticos y, desde luego, inteligentes. En ciertas reuniones sociales eran aceptados de buen grado y la gente pujaba por codearse con ellos. Se los invitaba a dar conferencias y al final de éstas, como indican las reglas, se los aplaudía o, quizá, sólo se aplaudía. Sus hijos iban a buenos colegios y eran bien tratados por sus compañeros. Los corruptos cumplían con rigor los festejos cívicos y sus mujeres se emocionaban en los desfiles.

Llegó un tiempo en que la prensa comenzó a observarlos, a criticarlos, a estigmatizarlos. Como no podía ser de otro modo, negaban, indignados, las acusaciones. “Que investigue la justicia...que se presenten las pruebas de la infamia...”, decían con falso rubor. A veces, hasta se atrevían a utilizar un tono amenazante. El tiempo y la frágil memoria social favorecían la impunidad. Especulaban con la falta de pruebas. A quién se le ocurre pensar que en estas operaciones se firman recibos o se dejan testigos comprometedores. Los que permiten que esto ocurra, esto es, los que pagan los sobornos, tienen que mantener, como es obvio, un inquebrantable silencio. Sus negocios dependen de ello. Son, aunque muchas veces obligados por las circunstancias y en el marco de una cultura de la corrupción, culpables. Quizá un empresario algún día y en un gesto que muchos no dudarían en calificar de cívicamente heroico, diga: “...Yo le pagué personalmente un soborno a tal funcionario quien me dijo que era para el partido”.

Muy poco habían podido hacer los jueces. Los que iniciaron alguna investigación, no la pudieron terminar porque se fueron, porque los ascendieron o porque –vaya a saber uno la razón- cambiaron de parecer. Como siempre, hubo honrosas excepciones.

Un día, mientras la gente de ese país se preparaba para ir a sus trabajos escuchando la radio o leyendo el diario, ocurrió un hecho singular. A las siete y media de la mañana secuestraron a un importante personaje de la política, cuya actividad era bien conocida por todos. La hora del secuestro fue elegida a propósito. Las usinas del rumor funcionan mejor cuando la noticia no está en los diarios. Y más aún cuando, de manera deliberada, se hacen circular diferentes versiones sobre lo ocurrido.

El primer elegido por este grupo autodenominado Rosa en flor, era uno de los funcionarios más sospechados de corrupción.

Las radios comenzaron pronto la tarea informativa. La policía se movilizó rápidamente. Los políticos formularon declaraciones de repudio un tanto ambiguas y breves. Se trataba, después de todo, de un hombre de la democracia. Los equipos de exteriores de los medios de prensa se instalaron lo más cerca que pudieron de la puerta del edificio en el que vivía el funcionario secuestrado.

La primera y natural sensación de la gente fue de sorpresa. Hacía mucho tiempo que no había secuestros y, en todo caso, las razones que alentaban este proceder en otras épocas, parecían no tener vigencia. Una de las primeras versiones que circuló atribuía el secuestro a un grupo subversivo de izquierda ligado a un partido con representación en el Congreso. Los políticos de este sector reafirmaron su condena al secuestro y repudiaron enérgicamente la versión. La gente, por su parte, no creyó la noticia.

Recién sobre las dos de la tarde el Ministro de la Seguridad Pública formuló las primeras declaraciones. “Se está investigando el hecho. Está interviniendo el Juez de Turno”, dijo. Muchas fotos de su rostro casi tapado por los micrófonos.

Más tarde, la versión cambió y aludía ahora a un presunto ajuste de cuentas generado en algún incumplimiento del secuestrado a las reglas que, sin estar escritas, regían ciertos asuntos. Las autoridades se apresuraron a desmentir categóricamente esta versión no tanto porque descreyeran de ella, sino más bien porque no podían más que rechazar lo que la noticia implicaba. Así fue como se llegó al telediario de las ocho de la noche cuyo eje informativo resultaba todavía muy confuso.

Alrededor de las once de la noche las agencias de noticias comenzaron a difundir una extraña versión que se fundaba en una suerte de manifiesto que había aparecido en las redacciones de algunos diarios. El secuestrado estaba vivo y en perfectas condiciones de salud. No se pedía ningún tipo de rescate. Se anunciaba que iba a ser liberado en aproximadamente quince días. Nada más.

Los diarios del día siguiente debieron hacer un esfuerzo para encontrar titulares que se adecuaran a las circunstancias y a la escasa información con que se contaba.

Mientras todo esto ocurría, el secuestrado no dejaba de mirar con asombro los particulares detalles del lugar en el que había sido encerrado. Una habitación de aproximadamente diez metros cuadrados, con una puerta pequeña y baja, sin ventanas ni baño. En una de las paredes, casi sobre el techo había un agujero tapado con un alambrado tejido que permitía una limitada ventilación, la única. Una cama con sus correspondientes sábanas y frazadas, una silla, una mesa y una palangana completaban el austero mobiliario. Estaba pintada de blanco y en sus paredes había fotografías y reproducciones de cuadros.

En una de ellas podían verse próceres de la historia de ese país. Hombres austeros y valientes que, en algunos casos, dieron la vida por su patria y, en otros, murieron en la más absoluta pobreza. Hombres que no llegaron nunca a imaginar que sus vidas ejemplares iban a constituirse en paradigma de las futuras generaciones. En otra de las paredes podían verse fotos que mostraban a los indigentes de ese país. En otra se veían fotos de soldados, militares y civiles que murieron en guerras absurdas y dolorosas para ese pueblo. Finalmente, y con un tamaño mayor, estaban las fotos del secuestrado correspondientes a diferentes etapas de su vida. Así, se lo veía a los pocos días de nacer, en los brazos de su madre. Luego aparecía haciendo la primera comunión, impecablemente vestido y engominado. En otra foto se lo veía a los quince años, con una expresión casi candorosa junto a dos amigos en la puerta de una sencilla casa de barrio en la que había vivido en su adolescencia. Desde esta última, se pasaba directamente a una foto que registraba el preciso momento en que juraba en un alto cargo del gobierno de ese país frente a un sonriente y perfumado grupo de funcionarios, familiares y amigos. A esa altura su rostro, su mirada y sus gestos se habían endurecido y no sólo por el transcurso del tiempo.

En los días que siguieron al secuestro, los medios de prensa dedicaron un gran espacio para cubrir lo que no se dudaba en calificar como una noticia espectacular. Se desmenuzó la información que se tenía del secuestrado en los archivos y a partir de ésta se construyeron las más variadas hipótesis generando la necesidad de corroboración de los periodistas. En esa tarea, no se salvaron los vecinos, los familiares, ni el portero del edificio, quien, a esa altura, intentaba disimular con poco éxito el morboso placer de ser filmado y fotografiado.

Lo que vale la pena destacar es la reacción de los hombres políticos que habían compartido con el secuestrado diversos momentos de la vida nacional. Muchos de ellos eran honestos -aunque por pudor habían preferido, en los últimos tiempos, no hacer alarde de esa virtud republicana- y habían tolerado, con reservado disgusto, las conductas indeseables de muchos funcionarios. Quizá en aras de preservar el espacio de poder que se les había conferido. Se habían prometido a sí mismos combatir el flagelo de la corrupción, pero desde adentro. Este parecía ser un raro momento en el que se podía honrar esa promesa.

Así, cuando se empezó a marcar una línea divisoria de las aguas, a los honestos no les alcanzaban las sutilezas al uso para ser reconocidos positivamente por la sociedad. Los cruces de vereda eran vertiginosos. Como todavía no se vislumbraba el final de este sórdido episodio, los políticos no ahorraban manifestaciones que les generaran credibilidad.

Mientras tanto, las horas y los días pasaban para el secuestrado en las extrañas condiciones dispuestas por los secuestradores. La ventilación no era suficiente. La pequeña puerta sólo se abría tres veces por día para que se le alcanzara al secuestrado su alimentación. No podía salir, ni bañarse, ni lavarse. El ambiente se tornaba cada vez más hediondo e irrespirable. La palangana con los excrementos era cambiada una vez al día. Al cuarto día su moral había caído sensiblemente. De una actitud inicial arrogante, había pasado a un estado anímico lastimoso. La repugnancia del ambiente armonizaba con la miseria espiritual del sujeto. Sus carceleros le repetían que era un traidor a la nación y que se había terminado definitivamente para él el goce de los bienes que manejaban sus testaferros. Un día lo escupieron y patearon sin llegar a lastimarlo.

Tal como se había prometido, el secuestrado fue liberado a los quince días en un barrio suburbial. Fue rápidamente localizado y estuvo internado en una clínica durante tres semanas. Su familia estuvo muy cerca de él. No así muchos hombres de su antiguo entorno que, a esa altura, prefirieron la distancia.

Nunca se supo quiénes fueron los secuestradores, ni quién había financiado la extraña operación. Llegó a circular la versión de que había sido una maniobra intestina orquestada por un sector del gobierno. Sí, en cambio, trascendió que muchos de los corruptos de entonces recibieron cartas en las que se les anunciaba que si seguían corrompiéndose les esperaba un destino similar al relatado. A modo de ilustración, se incluían en éstas fotos del funcionario en cautiverio en sus distintos momentos. Sólo un medio de prensa se atrevió a publicarlas. Eran patéticas.

Hubo cambios en el gobierno de ese país y nada volvió a ser como antes.
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 Ultima actualizacion: 19/04/2008
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