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De: |
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Noralí |
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Fecha: |
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29-03-08 00:00 |
Ip Registrada (Condiciones de uso) |
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Asunto: |
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Un Relato |
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“LA NEVADA DEL ‘84”
Ya estaba oscureciendo, la cocina a leña dejaba al rojo vivo la hornalla. El hogar de la sala quemaba entre chasquidos, troncos de algarrobo mezclados con piquillín.
La nevada que había caído sin interrupción por estos parajes, hacía denotar lo que había sucedido con el ganado y con la ruta Provincial 314, único nexo para llegar hasta Jacobacci, ( 75 Km. que separa “El Moligue”, lugar donde tengo mi casa de campo); en esos años, pasábamos las vacaciones de invierno con nuestras hijas pequeñas.
Era el año 1984 a fines de Julio, la noche amenazaba un viento blanco del sur-oeste, las ráfagas que se alzaban oscureciendo la tarde, lo confirmaba. Dicen que la nieve amortigua los ruidos, casi no se escuchaba el ladrido de los perros y -es cierto-; pero a las seis y cuarto de la tarde ya oscureciendo, rompió el silencio fantasmal el ruido de un camión que pasaba por la ruta en dirección al Pueblo. Nos pusimos contentos. Se podía transitar.
Esa noche después de cenar en familia, jugamos al “taule” significa: mesa en árabe y es precisamente un (juego de mesa con dados), nos había enseñado el abuelo Nazrala, llegado del Líbano en 1916, manteniendo sus costumbres arraigadas a su fibra, se expresaba y hablaba el español con dificultad, pese a sus años vividos en la Argentina.
No podíamos descuidar el fuego de la chimenea, por eso nos turnábamos para arrimarle un tronco de tanto en tanto. Era temprano para irnos a la cama, cuando el juego nos cansó, nos acomodamos frente al hogar y así leíamos algún fascículo de la “Gran Enciclopedia del Mundo”, recorriendo tan pletórico conocimientos nos deleitábamos admirando las bellezas que ilustraban sus páginas, era como permitirnos un viaje imaginario por alguno de esos lugares.
El viento había comenzado a soplar, la nieve arremolinaba formando molduras en las paredes del galpón grande, en las muchetas de las ventanas y en los paredones del patio.
Antes de irnos a dormir Antonio salió en busca de la pala, para sacar al día siguiente la nieve acumulada en el porche. Había regresado a la cocina, la temperatura afuera alcanzaba los 28º bajo Cero, la sensación térmica sería de unos cuantos grados más. La canilla de la cocina y el baño corría en un hilo continuo para evitar se congele la bajada del tanque, hasta la casa.
El ladrido de los perros, se hacía más y más intenso, agudizamos los oídos para escuchar si se trataba de algún vehículo que cruzaba por la ruta, pero nada.
Nos dispusimos a tomar un té bien caliente antes de acostarnos, fue entonces cuando se oyó con mucha nitidez que alguien golpeaba las manos. Nos miramos…¡¿Quién podía ser en semejante noche?!. Antonio abrió la puerta de la cocina y salió hasta el primer escalón de la vereda.
--¿Quién anda ahí?—(preguntó), mientras alumbraba con la luz de la linterna.
--Soy yo Coco—(dijo Juan). (le decimos Coco a Antonio).
El pobre Juan venía con los pantalones vaqueros mojados hasta las rodillas. El arroyo del cuadro del medio venía crecido, el camión erró el paso y quedó colgado, el agua entraba diez centímetros por arriba de la caja, mientras José Araya, sin poder hacer nada se acurrucó en la cabina y quedó a la espera de algún salvamento.
Sin sentarse bebió el café. Antonio mientras tanto sacó la camioneta del garaje, cargó palas, sogas y salieron con dos peones en auxilio de don José. Al llegar hasta el lugar donde estaba el camión ladeado en medio del arroyo, todo intento de noche era una locura. Decidieron regresar, calentar los cuerpos, mudarse de ropa, comer algo y dejar que el nuevo día amaneciera con nuevos pronósticos y un mejor panorama.
El día se presentó radiante, aunque los efectos de la helada caída por la noche se hacía sentir en la suave brisa que se levantaba del este. Esto presagiaba un fuerte deshielo de seguir el viento desde esa dirección.
Luego de un suculento desayuno para tomar fuerzas y emprender la marcha hacia donde se encontraba el camión semi-volcado sobre su lateral izquierdo en medio del arroyo, partimos todos con los elementos necesarios para tratar de sacar el camión atascado.
Lo primero que se debería hacer era quitar la carga, para alivianarlo. Los hombres con botas hasta las rodillas, entraban al agua, mientras otros desde arriba alcanzaban los lienzos con lana de ojo, pieles y cueros lanares, para transportarlo a hombro hasta la ruta, asegurando que no se mojaran. Con la mercadería no hizo falta porque venía bien acomodada en el catre. Una vez vaciada parcialmente, lo único que ahora se podía hacer era enganchar una cuarta desde el camión al otro extremo de la camioneta Ford F100, para poder arrastrarlo hasta la ruta.
Acá estuvo el gran esfuerzo de los hombres, eran cinco en total, el camión estaba sin arranque y es obvio imaginar que después de haber pasado toda la noche bajo el agua y con semejante helada caída la batería estaba totalmente descargada; no quedaba más que empujar por delante y enganchar del para golpe trasero (la cuarta) a la camioneta; la posición que se encontraba el camión en el paso dificultaba cualquier intento por cruzar del otro lado y todo fue imposible, la camioneta patinaba, la lanza se cortaba, las ruedas del lateral izquierdo cada vez se enterraban más y el camión lentamente se acostaba sobre un lado, dificultando el trabajo. Las horas corrían y la desesperanza se adueñaba de los hombres. Todo sondeo, cualquier esfuerzo era inútil.
Pensaban en cómo podrían cruzar el arroyo con la camioneta para llegar hasta Jacobacci en busca de una máquina de Vialidad Provincial ya que esto sería la única solución, había que arriesgarse, sin saber cómo se encontraba la ruta más adelante pero intentar cruzar era la opción, aún sin saber si más adelante se habían producidos nuevos cortes de ruta por el efecto del agua que comenzaba a bajar con fuerza de las sierras, ¡cómo hacer!, sin correr el riesgo de caer en una alcantarilla.
Disponían abandonar el lugar tras arduas horas de trabajo, para regresar hasta casa, comer algo; serían las tres y media de la tarde, cuando rompió el silencio el ruido de un motor que hacía eco en las laderas del cerro; todos miramos a “Cerro Castillo”. Quizá alguien bajaba de las minas, (ésta se encuentra a 50 KM de dónde nos encontrábamos). ¿Porqué no?, alguien podría salir hacer un reconocimiento de ruta, para saber en qué condiciones se encontraba el camino hasta el pueblo y poder proveerse de alimentos.
En ese entonces, el centro de operaciones equipado con equipos de radio se encontraba en las oficinas ubicadas en la avenida General Roca de Ing.Jacobacci; por esos años el fluido de transporte de carga no era tan intenso como sí lo fue a posteriores.
Efectivamente, un equipo de las minas con destino al pueblo…bajaba, la suerte no los había abandonado.¡¡¡manos a la obra!!!,
Con el afán de sacar el camión del arroyo, se olvidaron del hambre, el frío, el agotamiento, y después de poco más de una hora sacaron a la cuarta el camión del arroyo.
Veinticuatro horas pasaron, desde que Don José Araya y su hijo Juan habían quedado adentro del arroyo, veinticuatro horas cuando lograron emprender el camino hacia Jacobacci acompañado por el camión de la empresa “Cerro Castillo”.
Nosotros regresamos con los peones a casa, a esperar el nuevo día para poder salir a recorrer el campo y evaluar los daños causados por esta nevazón que en nuestro caso dejó como saldo 600 lanares muertos.
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De: |
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Osvaldo |
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Fecha: |
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01-04-08 19:35 |
Ip Registrada (Condiciones de uso) |
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Asunto: |
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RE: Un Relato |
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Que bueno !! me parecio estar ahí mojado hasta las rodillas !!
Que años dificiles eran aquellos no? Pero la solidaridad siempre estuvo, creo que esta es una de las cualidades de los patagonicos.
Me gusto aparte de este relato tan real, todo lo que pusiste en el foro.
No quisiera molestarte, pero siempre me doy una vuelta por este lugar, porque encuentro cada vez algo nuevo que escribis. Segui insistiendo, tenes un fan !!! SALUDOS |
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De: |
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Norali |
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Fecha: |
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02-04-08 14:51 |
Ip Registrada (Condiciones de uso) |
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Asunto: |
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RE: Un Relato |
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| Para nada me molesta, todo por el contrario al menos sé que aunque sea UNO, LEE LO QUE ESCRIBO y encima le gusta, eso me pone bien GRACIAS OSVALDO. |
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